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Hoy, alrededor de 7 millones argentinos no tienen terminados sus estudios obligatorios: 5 millones no terminaron el secundario y 2 millones no terminaron el primario. Esta es el primer indicador de un fracaso que se acrecienta si lo comparamos con el desempeño de otros sistemas educativos.

 

Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en Corea, para tomar un ejemplo, el 98% de los ciudadanos de entre 25 y 34 años han concluido en tiempo y forma el nivel medio. En la Argentina sólo lo termina la mitad de los estudiantes, a pesar de los más de 10 años que lleva sancionada la obligatoriedad del nivel secundario con la Ley Nacional de Educación N° 26.206 (2006).

Pero fue ese marco normativo el que reconoció la modalidad de educación de adultos. En el art. N° 138 el Estado asume la responsabilidad específica de garantizar la alfabetización de las personas jóvenes y adultas y la finalización de la educación primaria y secundaria. Esta responsabilidad tiene como fundamento la consideración de todas las personas como sujetos de derecho, por lo que la educación de las personas jóvenes y adultas deja de ser un desafío para constituirse en una responsabilidad indelegable del Estado.

Según los datos manejados por la dirección de Educación de Adultos de la Provincia, durante 2014, 12.288 personas se inscribieron para terminar el secundario en La Plata (habían sido 9.368 en 2013) y más de 5.000 egresaron. En toda la Provincia fueron 254.428 los estudiantes que se inscribieron en el marco de la modalidad Educación para Adultos (de entre 18 y 90 años).

Ahora bien, la educación de adultos requiere también de actualizaciones. Ya no alcanza con que los que no han logrado terminar el secundario lo hagan, también es clave que en ese proceso puedan incorporar algún tipo de competencia laboral, aprendan un oficio, y/o desarrollen habilidades que luego mejorarán sus posibilidades de encontrar trabajo o buscar otros. Es evidente que no podemos preparar a las nuevas generaciones en trabajos y oficios que todavía no existen. Pero es clave que la dimensión laboral se incluya en la currícula y en las ofertas de formación. No sólo dentro de los espacios áulicos sino mediante acuerdos con empresas o universidades a través de los cuales, los jóvenes y adultos, adquieran nuevas competencias. Hay ejemplos como la Escuela de Oficios de la UNLP que podrían redundar en grandes beneficios. Los sistemas que no se abren a nuevas oportunidades envejecen y se agotan.

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